(Redeyes)
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miércoles, 3 de agosto de 2011
VIAJAR
Una buena amiga me preguntó no hace mucho por qué me gustaba tanto viajar. Entonces recordé que hace ya algunos años escribí este texto para explicar (me) lo que siento cada vez que inicio un viaje.
Para eso sirven los viajes. Para dejar en el aeropuerto el personaje ajado que representas cada día y crear otra máscara: una careta urdida con los rescoldos del loco que pudiste llegar a ser. Eres otro porque nadie te conoce y tú sólo te reconoces en tus sueños. En el liviano equipaje llevas apenas unas miradas, unas palabras que una vez te descarnaron el alma, y el rastro ya imborrable de una piel que llegaste a amar. Vas con todo eso y con tu libertad. Eres un cuadro en blanco que se pinta a sí mismo cada instante con los colores de la emoción, de la pasión, de la ternura.
viernes, 4 de febrero de 2011
ESCENAS DE CINE MUDO: JERUSALÉN (2005)
A partir de un álbum de fotografías el escritor leonés Julio Llamazares relata en "Escenas de cine mudo" su infancia en una remota aldea minera leonesa. Son textos conmovedores, condimentados con "unas pocas palabras verdaderas". Yo voy a plagiar a mi amigo y paisano e intentaré transmitir las sensaciones y reflexiones vividas en alguno de mis viajes. Espero que el maestro Julio perdone mi atrevimiento.
Fuera del espacio, más allá del tiempo Jerusalén se manifiesta como una ciudad epidérmica, inabarcable. Un lugar donde la "Fe" adquiere forma, peso, piel y corazón. La sientes en cada plegaría, en cada gesto compulsivo y reiterativo de los fieles. La vives en el pequeño habitáculo lateral dónde se refugian los judíos más ortodoxos, sentados en cojines carmesí o arrodillados en reclinatorios de madera, genuflexos ante un atril sobre el que descansa La Torá.
Más allá del Muro, después de férreos controles de seguridad, el barrio judío semeja un gueto medieval de cualquier país centroeuropeo. Calles estrechas, hombres con levitas y tirabuzones, cubiertos con la kepá, deambulan como sombras por las callejuelas, entre pequeños edificios empedrados. El libro sagrado a unos centímetros de los ojos, aislados, solos con su dios y sus ritos. Silencio, quietud, orden. Apenas ves mujeres. Las que hay, jóvenes de una ONG, sirven de guías improvisadas para el viajero aturdido y desorientado. Allí, en la judería, comienza la Vía Dolorosa, arteria central de la ciudad. El descenso de la Vía Dolorosa es una experiencia íntima, irrepetible.
De repente, el viajero oye un ruido extraño. Acaba de pisar una lata de refresco. "Imposible", piensa. Un signo de desorden en aquel mundo... "Imposible", se repite. Pero no, sin darse cuenta, en la misma Vía Dolorosa, todo cambia. Un paso, sólo un paso más adelante entra en el mundo árabe. Levanta la cabeza: decenas de tenderos (todos hombres) acechan para abalanzarse con sus mercancías en las manos. Emiten extrañas palabras, pero todas parecen significar lo mismo: "compra, compra, compra".
Sorprendido, el viajero retrocede apenas unos metros y vuelve el silencio, la quietud. Avanza y el mundo se convierte en un bazar angosto y abirragado. El suelo alfombrado de latas, de desperdicios, de restos de comida. Gargantas que gritan hasta el espasmo. Nños por todas partes, revoloteando como abejas en un panel. Es como el aleph, pero con dos ventanas: una hacia la silente soledad; la otra hacia el tumulto ensordecedor.
Allí, el viajero comprende que en realidad existen muchos mundos y que todos caben en esta diminuta ciudad, fuera del espacio, más allá del tiempo.
(Redeyes)
Fuera del espacio, más allá del tiempo Jerusalén se manifiesta como una ciudad epidérmica, inabarcable. Un lugar donde la "Fe" adquiere forma, peso, piel y corazón. La sientes en cada plegaría, en cada gesto compulsivo y reiterativo de los fieles. La vives en el pequeño habitáculo lateral dónde se refugian los judíos más ortodoxos, sentados en cojines carmesí o arrodillados en reclinatorios de madera, genuflexos ante un atril sobre el que descansa La Torá.
Más allá del Muro, después de férreos controles de seguridad, el barrio judío semeja un gueto medieval de cualquier país centroeuropeo. Calles estrechas, hombres con levitas y tirabuzones, cubiertos con la kepá, deambulan como sombras por las callejuelas, entre pequeños edificios empedrados. El libro sagrado a unos centímetros de los ojos, aislados, solos con su dios y sus ritos. Silencio, quietud, orden. Apenas ves mujeres. Las que hay, jóvenes de una ONG, sirven de guías improvisadas para el viajero aturdido y desorientado. Allí, en la judería, comienza la Vía Dolorosa, arteria central de la ciudad. El descenso de la Vía Dolorosa es una experiencia íntima, irrepetible.
De repente, el viajero oye un ruido extraño. Acaba de pisar una lata de refresco. "Imposible", piensa. Un signo de desorden en aquel mundo... "Imposible", se repite. Pero no, sin darse cuenta, en la misma Vía Dolorosa, todo cambia. Un paso, sólo un paso más adelante entra en el mundo árabe. Levanta la cabeza: decenas de tenderos (todos hombres) acechan para abalanzarse con sus mercancías en las manos. Emiten extrañas palabras, pero todas parecen significar lo mismo: "compra, compra, compra".
Sorprendido, el viajero retrocede apenas unos metros y vuelve el silencio, la quietud. Avanza y el mundo se convierte en un bazar angosto y abirragado. El suelo alfombrado de latas, de desperdicios, de restos de comida. Gargantas que gritan hasta el espasmo. Nños por todas partes, revoloteando como abejas en un panel. Es como el aleph, pero con dos ventanas: una hacia la silente soledad; la otra hacia el tumulto ensordecedor.
Allí, el viajero comprende que en realidad existen muchos mundos y que todos caben en esta diminuta ciudad, fuera del espacio, más allá del tiempo.
(Redeyes)
sábado, 4 de diciembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
Mercado Calos Roberto Huembes (Managua): Una mirada.
Los mercados encierran un mundo sorprendente: carteles, miradas, gestos. Del ridículo a la ternura, todo cabe en estas callejuelas sucias y desordenadas del Mercado Carlos Roberto Huembes (Managua, 07/11/10)
sábado, 3 de julio de 2010
ESCENAS DE CINE MUDO: LA HABANA
(Para ver album de fotos de La Habana, pinchar en la foto)
¡Chico, esto es Cuba! El mestizo pega su narizota al cristal de la ventanilla del avión y abre de repente sus ojos sanguíneos. El mestizo reconoce desde los 8.000 pies de altura su tierra, Camagüey. A pesar de su aspecto de guardacazas de Pensilvania, es un hombre de letras. Uno de los muchos intelectuales cubanos forjados en las universidades de La Habana y de Moscú.Emérito, el mestizo, viene de Nicaragua a bordo de un viejo avión norteamericano, comprado a precio de saldo en la época en que Kennedy y Somoza aún eran amigos. Esos aviones de motores roncos, casi indefensos ante los virulentos golpes de aire de las rutas de El Caribe. Llegar a La Habana en este maltrecho aparato es un milagro de no menor embergadura que elevarse en él hacia el cielo ardiente de Managua.
Cuba recibe a los pasajeros del forker con todo el calor del mundo. En el aeropuerto José Martí, siempre en obras, los turistas noveles descienden en manada de los boeing fletados en Miami, y cargan sus pesados equipajes, excitados como adolescentes. Son turistas a los que les gustan las emociones fuertes. Fidel, han oído decir, tiene ojos en cada esquina de la isla.
A Emérito no le caen demasiado bien los turistas, sobre todo si son anglosajones. "Chico -dice- no hay forma de cumplirles con todos los antojos". Como trabajó un tiempo de botones en el hotel Vedado, de La Habana, debe saber de lo que habla. Trabajó en el Vedado hace ya muchos años, cuando lo de los misiles de Jrushchov y el bloqueo naval norteamericano. Desde entonces han transcurrido cerca de cincuenta años. Emérito pasó de botones a profesor de Literatura Española y Cuba del fascismo al socialismo. Ahora, jubilado, se le suele ver por la Plaza de Armas, vendiendo sus libros de masones, fumando y ojenado interminables partidas de ajedrez. "Esta es la Cuba que yo quiero, chico", dice Emérito casi veinte años después del día que le conocí a bordo del viejo forker. Mientras, sus nietos, ya universitarios, luchan por cambiar la Cuba que él tanto quiere.
(Redeyes)
lunes, 8 de marzo de 2010
TRES HISTORIAS DE MUJERES TRABAJADORAS
Tres historia de mujeres trabajadoras. Suceden en Argelia, Mozambique y Nicaragua. pero se repiten en cada aldea, en cada ciudad del planeta. Tal vez, algún día, se alcance el sueño que anima cada uno de sus días: un mundo en paz, justo y en el que hombres y mujeres sean absolutamente iguales ante la ley, en la sociedad.
FATIMECHU (EL AAIÚN, CAMPAMENTOS SAHARAUIS EN ARGELIA)
Fatimechu en su haima de Guelta
Amanece en el Barrio 2 de la daira Guelta en la wilaya de El Aiún. Fatimechu ya se ha levantado hace una hora para preparar el sobrio desayuno, a base de galletas y leche de camello, para sus cuatro hijos. Es un día más en este olvidado desierto argelino. Los niños se irán al colegio y ella retomará sus actividades cotidianas: limpiar la haima y el angosto cubículo de adobe que sirve de letrina. Después buscará agua y dará de comer a su única cabra. Antes de que vuelvan sus hijos, tendrá el almuerzo preparado. Después se pondrá a ayudar con los deberes y, al final de la tarde, visitará a su anciana madre o recibirá con el té preparado las visitas de familiares y amigos. Su marido, Mohamed, lleva ya cinco años fuera. Está en España, en Málaga. Trabajando en lo que puede y le dejan. Acaba de conseguir los "papeles" y pronto podrá pasar unos días con ella, de vacaciones. Fatimechu no tiene buena salud, no pasa un mes sin que tenga que acudir al centro de salud donde antes de abandonar el desierto trabajaba su marido. Apenas quedan ya hombres en los campos de refugiados saharauis en Tinduf. Todo el peso lo llevan las mujeres. Ellas son las que trabajan esta tierra inhóspita que nunca les pertenecerá. A la espera de un amanecer que les devuelva al país del que un día, hace más de 30 años, fueron expulsadas.
DULCE (MANHIÇA, MOZAMBIQUE)
Dulce, atareada en su "palloja" de Manhiça
Es la cuarta esposa del "cacique" de Manhiça. Todos la llaman Dulce, no se sabe si porque es su nombre original o por su carácter extremadamente delicado. Como es la última en unirse a su marido, se encarga de las tareas más pesadas. Limpiar, lavar los utensilios de la cocina, cocinar... A por el agua van los niños. Todos los días media hora hasta el riachuelo y otro tanto de vuelta. Nunca se la ve erguida delante de su esposo. Como toda la familia debe respetarlo hasta el punto que su cabeza no debe superar la de él. Dulce nunca está triste: ríe, canta, juega y toca. Ama tocar a los visitantes, a sus hijos, a los niños de las otras esposas del "cacique". Esta noche habrá ratas salvajes de cena, con un poco de arroz. Y como hay invitados, las últimas coca colas de la despensa. Junto a la hoguera, sentada en el suelo con sus dos hijos en el regazo, Dulce canta y rie bajo una luna y mil astros que iluminan el cielo. Mañana será un día más.
FATIMECHU (EL AAIÚN, CAMPAMENTOS SAHARAUIS EN ARGELIA)
Fatimechu en su haima de GueltaAmanece en el Barrio 2 de la daira Guelta en la wilaya de El Aiún. Fatimechu ya se ha levantado hace una hora para preparar el sobrio desayuno, a base de galletas y leche de camello, para sus cuatro hijos. Es un día más en este olvidado desierto argelino. Los niños se irán al colegio y ella retomará sus actividades cotidianas: limpiar la haima y el angosto cubículo de adobe que sirve de letrina. Después buscará agua y dará de comer a su única cabra. Antes de que vuelvan sus hijos, tendrá el almuerzo preparado. Después se pondrá a ayudar con los deberes y, al final de la tarde, visitará a su anciana madre o recibirá con el té preparado las visitas de familiares y amigos. Su marido, Mohamed, lleva ya cinco años fuera. Está en España, en Málaga. Trabajando en lo que puede y le dejan. Acaba de conseguir los "papeles" y pronto podrá pasar unos días con ella, de vacaciones. Fatimechu no tiene buena salud, no pasa un mes sin que tenga que acudir al centro de salud donde antes de abandonar el desierto trabajaba su marido. Apenas quedan ya hombres en los campos de refugiados saharauis en Tinduf. Todo el peso lo llevan las mujeres. Ellas son las que trabajan esta tierra inhóspita que nunca les pertenecerá. A la espera de un amanecer que les devuelva al país del que un día, hace más de 30 años, fueron expulsadas.
DULCE (MANHIÇA, MOZAMBIQUE)
Dulce, atareada en su "palloja" de ManhiçaEs la cuarta esposa del "cacique" de Manhiça. Todos la llaman Dulce, no se sabe si porque es su nombre original o por su carácter extremadamente delicado. Como es la última en unirse a su marido, se encarga de las tareas más pesadas. Limpiar, lavar los utensilios de la cocina, cocinar... A por el agua van los niños. Todos los días media hora hasta el riachuelo y otro tanto de vuelta. Nunca se la ve erguida delante de su esposo. Como toda la familia debe respetarlo hasta el punto que su cabeza no debe superar la de él. Dulce nunca está triste: ríe, canta, juega y toca. Ama tocar a los visitantes, a sus hijos, a los niños de las otras esposas del "cacique". Esta noche habrá ratas salvajes de cena, con un poco de arroz. Y como hay invitados, las últimas coca colas de la despensa. Junto a la hoguera, sentada en el suelo con sus dos hijos en el regazo, Dulce canta y rie bajo una luna y mil astros que iluminan el cielo. Mañana será un día más.
GLORIA (ASENTAMIENTO DE LAS LATAS, JINOTEGA -NICARAGUA-)
Gloria, con cuatro de sus seis hijos en la puerta de su chabola en Las LatasTiene seis hijos de cuatro hombres diferentes. "Los hombres aquí, dice, solo sirven para eso: para hacer hijos". Y no le falta la razón a Gloria. Vive de amasar tortas de maiz para los militares de paso. Además atiende a los niños, cuida de la casa, acude todas las tardes a la escuela de adultos que dirige una ccoperante vasca, cultiva pequeñas parcelas de café y frijoles del asentamiento y, hace años, tenía tiempo de acudir con su fusil todas las noches a las trincheras para defender el poblado de los ataques de la "contra". Los hombres, mientras, se matan en el frente; y los que quedan apuran sus tragos de ron tumbados en cualquier esquina. Ella quiere tener muchos hijos para cuando sea mayor. Para que alguno de ellos la cuiden. De los seis, y con mucha suerte, uno velará su vejez en un país sin seguridad social, sin pensiones, extremecedoramente miserable. Pero Gloria esconde un tesoro, un tesoro al que solo accede ella. Su jardín, su diminuto rincón con decenas de flores abigarradas y luminosas. Las riega tres veces al día. Y ellas, las flores, mejor que nadie saben de sus íntimos deseos, de sus ilusiones, de su pasiones y de su alma tierna y bella.
(Redeyes)
(Fotografía: Natividad del Valle e Isaac G. Toribio)
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