Los mercados encierran un mundo sorprendente: carteles, miradas, gestos. Del ridículo a la ternura, todo cabe en estas callejuelas sucias y desordenadas del Mercado Carlos Roberto Huembes (Managua, 07/11/10)
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jueves, 25 de noviembre de 2010
sábado, 5 de junio de 2010
lunes, 8 de marzo de 2010
TRES HISTORIAS DE MUJERES TRABAJADORAS
Tres historia de mujeres trabajadoras. Suceden en Argelia, Mozambique y Nicaragua. pero se repiten en cada aldea, en cada ciudad del planeta. Tal vez, algún día, se alcance el sueño que anima cada uno de sus días: un mundo en paz, justo y en el que hombres y mujeres sean absolutamente iguales ante la ley, en la sociedad.
FATIMECHU (EL AAIÚN, CAMPAMENTOS SAHARAUIS EN ARGELIA)
Fatimechu en su haima de Guelta
Amanece en el Barrio 2 de la daira Guelta en la wilaya de El Aiún. Fatimechu ya se ha levantado hace una hora para preparar el sobrio desayuno, a base de galletas y leche de camello, para sus cuatro hijos. Es un día más en este olvidado desierto argelino. Los niños se irán al colegio y ella retomará sus actividades cotidianas: limpiar la haima y el angosto cubículo de adobe que sirve de letrina. Después buscará agua y dará de comer a su única cabra. Antes de que vuelvan sus hijos, tendrá el almuerzo preparado. Después se pondrá a ayudar con los deberes y, al final de la tarde, visitará a su anciana madre o recibirá con el té preparado las visitas de familiares y amigos. Su marido, Mohamed, lleva ya cinco años fuera. Está en España, en Málaga. Trabajando en lo que puede y le dejan. Acaba de conseguir los "papeles" y pronto podrá pasar unos días con ella, de vacaciones. Fatimechu no tiene buena salud, no pasa un mes sin que tenga que acudir al centro de salud donde antes de abandonar el desierto trabajaba su marido. Apenas quedan ya hombres en los campos de refugiados saharauis en Tinduf. Todo el peso lo llevan las mujeres. Ellas son las que trabajan esta tierra inhóspita que nunca les pertenecerá. A la espera de un amanecer que les devuelva al país del que un día, hace más de 30 años, fueron expulsadas.
DULCE (MANHIÇA, MOZAMBIQUE)
Dulce, atareada en su "palloja" de Manhiça
Es la cuarta esposa del "cacique" de Manhiça. Todos la llaman Dulce, no se sabe si porque es su nombre original o por su carácter extremadamente delicado. Como es la última en unirse a su marido, se encarga de las tareas más pesadas. Limpiar, lavar los utensilios de la cocina, cocinar... A por el agua van los niños. Todos los días media hora hasta el riachuelo y otro tanto de vuelta. Nunca se la ve erguida delante de su esposo. Como toda la familia debe respetarlo hasta el punto que su cabeza no debe superar la de él. Dulce nunca está triste: ríe, canta, juega y toca. Ama tocar a los visitantes, a sus hijos, a los niños de las otras esposas del "cacique". Esta noche habrá ratas salvajes de cena, con un poco de arroz. Y como hay invitados, las últimas coca colas de la despensa. Junto a la hoguera, sentada en el suelo con sus dos hijos en el regazo, Dulce canta y rie bajo una luna y mil astros que iluminan el cielo. Mañana será un día más.
FATIMECHU (EL AAIÚN, CAMPAMENTOS SAHARAUIS EN ARGELIA)
Fatimechu en su haima de GueltaAmanece en el Barrio 2 de la daira Guelta en la wilaya de El Aiún. Fatimechu ya se ha levantado hace una hora para preparar el sobrio desayuno, a base de galletas y leche de camello, para sus cuatro hijos. Es un día más en este olvidado desierto argelino. Los niños se irán al colegio y ella retomará sus actividades cotidianas: limpiar la haima y el angosto cubículo de adobe que sirve de letrina. Después buscará agua y dará de comer a su única cabra. Antes de que vuelvan sus hijos, tendrá el almuerzo preparado. Después se pondrá a ayudar con los deberes y, al final de la tarde, visitará a su anciana madre o recibirá con el té preparado las visitas de familiares y amigos. Su marido, Mohamed, lleva ya cinco años fuera. Está en España, en Málaga. Trabajando en lo que puede y le dejan. Acaba de conseguir los "papeles" y pronto podrá pasar unos días con ella, de vacaciones. Fatimechu no tiene buena salud, no pasa un mes sin que tenga que acudir al centro de salud donde antes de abandonar el desierto trabajaba su marido. Apenas quedan ya hombres en los campos de refugiados saharauis en Tinduf. Todo el peso lo llevan las mujeres. Ellas son las que trabajan esta tierra inhóspita que nunca les pertenecerá. A la espera de un amanecer que les devuelva al país del que un día, hace más de 30 años, fueron expulsadas.
DULCE (MANHIÇA, MOZAMBIQUE)
Dulce, atareada en su "palloja" de ManhiçaEs la cuarta esposa del "cacique" de Manhiça. Todos la llaman Dulce, no se sabe si porque es su nombre original o por su carácter extremadamente delicado. Como es la última en unirse a su marido, se encarga de las tareas más pesadas. Limpiar, lavar los utensilios de la cocina, cocinar... A por el agua van los niños. Todos los días media hora hasta el riachuelo y otro tanto de vuelta. Nunca se la ve erguida delante de su esposo. Como toda la familia debe respetarlo hasta el punto que su cabeza no debe superar la de él. Dulce nunca está triste: ríe, canta, juega y toca. Ama tocar a los visitantes, a sus hijos, a los niños de las otras esposas del "cacique". Esta noche habrá ratas salvajes de cena, con un poco de arroz. Y como hay invitados, las últimas coca colas de la despensa. Junto a la hoguera, sentada en el suelo con sus dos hijos en el regazo, Dulce canta y rie bajo una luna y mil astros que iluminan el cielo. Mañana será un día más.
GLORIA (ASENTAMIENTO DE LAS LATAS, JINOTEGA -NICARAGUA-)
Gloria, con cuatro de sus seis hijos en la puerta de su chabola en Las LatasTiene seis hijos de cuatro hombres diferentes. "Los hombres aquí, dice, solo sirven para eso: para hacer hijos". Y no le falta la razón a Gloria. Vive de amasar tortas de maiz para los militares de paso. Además atiende a los niños, cuida de la casa, acude todas las tardes a la escuela de adultos que dirige una ccoperante vasca, cultiva pequeñas parcelas de café y frijoles del asentamiento y, hace años, tenía tiempo de acudir con su fusil todas las noches a las trincheras para defender el poblado de los ataques de la "contra". Los hombres, mientras, se matan en el frente; y los que quedan apuran sus tragos de ron tumbados en cualquier esquina. Ella quiere tener muchos hijos para cuando sea mayor. Para que alguno de ellos la cuiden. De los seis, y con mucha suerte, uno velará su vejez en un país sin seguridad social, sin pensiones, extremecedoramente miserable. Pero Gloria esconde un tesoro, un tesoro al que solo accede ella. Su jardín, su diminuto rincón con decenas de flores abigarradas y luminosas. Las riega tres veces al día. Y ellas, las flores, mejor que nadie saben de sus íntimos deseos, de sus ilusiones, de su pasiones y de su alma tierna y bella.
(Redeyes)
(Fotografía: Natividad del Valle e Isaac G. Toribio)
viernes, 8 de enero de 2010
LIBREROS EN CRISIS

Las pequeñas librería están en crisis. Quién se lo iba a decir a mi amigo A., veinticinco años después de que se hiciera cargo de su puesto en la Cuesta Moyano de Madrid. A. es librero e hijo de librero. Por cosas de la vida es multimillonario. Colecciona coches de lujo, vive en una pequeña mansión en el centro de Madrid y tiene detalles como regalar un palacio (sí, UN PALACIO) a su esposa por Navidad. Pero A. es librero y cuando ejerce olvida sus coches y sus millones y se dedica a lo suyo: a vender libros. Libros exotéricos, de budismo y alguno que otro de actualidad.
Un día me fui con él a comprar libros. Era un piso antiguo. Se había muerto el patriarca de la familia y los herederos lo primero que hicieron fue desprenderse de los libros. A. dejó su Masseratti aparcado en Cuesta Moyano. Nos fuimos al piso en el Metro. Con sólo una ojeada a la biblioteca descubrió tres piezas valiosas. El resto se vendería a precio de saldo. Eran algo más de dos mil ejemplares y pagó por ellos, en mano, 600 euros.
Atamos los libros, de diez en diez, con cuerdas que llevaba en el bolsillo. Los bajamos y desde la calle llamó a una amiga para que le ayudara a llevar los pesados fardos de libros. Tenía que ahorrar al máximo para que la operación le fuera rentable. Yo no podía entender cómo un hombre con su capacidad económica se comportaba así. ¿Por qué no alquilaba una furgoneta y mandaba un par de chavales para un trabajo tan pesado?
---Mira, me dijo, yo soy librero. Y lo soy todos los días del año. De nueve a nueve. Ni quiero, ni sé hacer otra cosa. Por eso vivo así, como un librero, como lo que soy.
Ahora los libreros como A. están en crisis. Los tiempos cambian, pero ellos no, siguen siendo lo que siempre han querido ser: libreros. Ni más ni menos.
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